Desde la ventana del baño de mi casa de la isla, puedo ver la pileta de lona, que se ha cubierto de hojas del otoño. Pienso que me gustaría poner peces de colores hasta que la vuelva a usar en el verano. Me imagino a mí misma sacando los peces y poniéndolos en una bolsa de plástico, tirándolos en el lago artificial del Parque Centenario, donde viven peces hermosos.
Vivo enfrente de un río, pero no me imagino dejándolos en este río marrón, en el que no se verían sus colores y podrían ser víctimas de los turistas a los que le gusta pescar. Además, no creo que sobrevivan a un lugar tan salvaje.
Me imagino tener patos, pero se unirían a una bandada que vive río abajo.
Estoy pensando esto, cuando veo moverse algo en la superficie del agua de la pileta. No logro ver bien qué es porque está a unos 20 metros de donde estoy. Busco el sacahojas que ya había guardado porque se terminó el verano, y voy rogando que no sea una rata la que se está ahogando.
Cuando me acerco, veo un pájaro moviéndose lentamente, muy agotado. Estiro el sacahojas y como si supiera que lo estoy salvando y que no lo quiero atacar, se sube con sus patas rojas. Lo acerco hacia mí con cuidado, porque mi presencia lo puede alterar y hacer que se caiga de nuevo al agua.
Se deja hacer, como nunca vi a un pájaro dejarse hacer. Está entregado por completo. Lo agarro con mi mano izquierda y lo acerco hacia mi cuerpo. Está temblando. Lo acaricio como si no fuera un pájaro.
Es de una belleza especial. La cabeza y las plumas son coloradas, el pecho blanco, y unas plumitas del costado, ajenas al resto de su cuerpo, son blancas y negras, como si un diseñador moderno hubiera querido darle un toque diferente a su plumaje.
Voy hacia mi casa, encierro en mi cuarto al gato que lo cazaría de un zarpazo, dejo a mi perra afuera, y me siento en el sillón donde está dando el sol, para darle más calor.
Con la mano que me queda libre le saco unas fotos para mostrárselas a mi hija.
-Me muero de amor, dice. ¡Lo lograste!
Yo me río, porque ella sabe que tengo un sueño infantil que persiste en mí, y es que los pájaros vuelen hacia mis brazos, como en la película de Blancanieves, mientras canto a viva voz.
Mando las mismas fotos a un grupo de whatsapp de la isla que saben muchísimo sobre animales y aves y me dicen que es un pájaro llamado Burrito colorado. Me mandan fotos, y son iguales al que tiembla en mis manos, con ese detalle que le hizo el diseñador.
Me cuentan que son aves que se ven muy pocas veces, que viven muy adentro de la isla. Que son muy tímidos.
Mi hija me vuelve a escribir que averiguó que le podría dar manzana rayada. Que no me lo puedo quedar, que es muy salvaje. Que me felicita por haberlo salvado. Que lo envuelva en una mantita así le puedo preparar la comida.
Me quedo sentada un rato largo con mi pichón colorado, que de a poco ha dejado de temblar. Me saco el poncho que llevo puesto y apoyo al pájaro con mucha suavidad, y le hago una especie de nido de lana.
Rallo un poquito de manzana, pero no quiere comer. Lo vuelvo a acariciar.
Mi perra, que lo había olfateado, me mira desde afuera queriendo entrar.
De pronto el pichón se incorpora, da unos pasos por la mesa en que lo había apoyado, y vuela desesperado por el comedor. Se golpea contra una pared y otra, hasta que logro volver a agarrarlo.
Ya está más despierto, más vivaz. Se mueve inquieto entre mis manos. Recordando las palabras de mi hija abro la puerta de atrás que da al jardín. Y lo dejo volar.